Cuando Patanjali se hace presente en el salón y siento el delicado roce del pensador hindú en mi piel alerta, mi cuerpo cansado se aleja apenas del piso. La distancia entre mis pies y mi cabeza aumenta leve y sutilmente, y mis manos cobran una presencia inmensa. Mis pies se expanden en el piso cálido de tablillas de madera perfectamente alineadas, y mi cabeza flota, por fin, “sobre la primera vértebra cervical”.
Tras la orden de mirar un punto fijo en el horizonte, mis pupilas se clavan firmemente en el remate sutil y perfecto del Palacio Lapido, que se asoma tímido pero implacable por detrás del enorme y decadente Palacio Salvo, justo entre la cúpula y esas torrecitas sin apoyos que hay más abajo. Mi mente intenta entender en qué cabeza cupo hacer cuatro torres en volado debajo de una cúpula… pero enseguida recuerdo que no debo permanecer en un pensamiento, sino dejarlos pasar. Y vuelvo a mirar la sutil liviandad del Lapido, en un nuevo intento de alivianarme yo.
Los constantes detalles que nos da Miguel para que las posturas se conduzcan por los canales por donde deben ir se mezclan con pensamientos que no logro detener, mientras sostengo la constante lucha por dejarlos pasar. Enredada entre palabras, juicios arquitectónicos y el flujo incesante de ómnibus de cutcsa por 18 de julio, dejo asomar la voluntad de elevar el arco del pie izquierdo y afirmar el dedo gordo del pie derecho en el piso, intentando atender al consejo de que el ombligo vaya hacia la columna y mis cuádriceps activos se retraigan hacia a la pelvis, aferrándose firmes al fémur como un koala a su rama.
En medio de esa lucha entre mi mente y mi cuerpo, recuerdo que sólo la respiración me salvará de perecer en el intento. Sólo la difícil tarea de concentrarme en llevar aire a cada músculo, cada órgano y cada centímetro de mi piel hará que vaya ganando algo de espacio entre mis vértebras y articulaciones; ese mismo aire, que será finalmente el responsable de que mi cuerpo se aliviane, de que mis piernas ya no tengan que aguantar el enorme peso de un torso colapsado, que sostiene, a su vez, a la gigantesca cabeza a la que el cuello y los hombros deben dar asiento cuando cae descentrada y caótica. En esa maraña de intenciones, se cuela un sentir liviano; un orden. El orden que resulta de soltar el control de las cosas.
Las palabras de Miguel ahora entran por unos oídos apenas asidos por sentidos que yo desconozco. “La respiración es la que sostiene las posturas”, dice su voz grave y serena. La respiración es la que sostiene las posturas… resuena en mi cuerpo como el canto de mi hermano en la iglesia de Poppi. ¡Qué gran revelación! ¡Qué idea tan profunda y cierta! Entonces, ¿por qué pensamos que el sostén de las cosas debe ser rígido y firme? ¿Cómo habrán surgido las certezas que vienen con nosotros desde quién sabe qué sitio material o inmaterial? Ahora sé que debo cuestionármelo todo.
Y en medio de la inmaterialidad propia de la clase de yoga, entiendo que no necesito bases firmes y bien arriostradas para hacer lo que sea. “Vuelvan a mirar el punto fijo, agárrense de él”. Y se asoma nuevamente la esbeltez del Palacio Lapido en el hueco que le deja el Salvo. Ahora las torrecitas flotantes ya no se me antojan tan ridículas. Tal vez todo lo que yo haga sea como esas torrecitas: algo prendidas de mi columna, pero más sostenidas en el aire; anacrónicas y descolgadas de la tecnología de su época; con una forma que no responde al contenido adecuado.
Lo ví. Este relato, y todo lo que he hecho, se nutre de los Palacios Lapidos, pero sólo logran el resultado grotesco y confuso del Salvo, y sin embargo me gusta. Creo que al fin me voy amigando con los procesos, mientras intento soltar los resultados. Ya puedo entender lo mal que he estado haciendo mis posturas, y también puedo publicar esto, inacabado y mejorable, pero que ineludiblemente me desnuda en un momento, dejando que sólo sea lo que hice un día veintinueve de un octubre raro en un dos mil veintidós que no volverá nunca. Y así, en la incertidumbre que ahora veo como el génesis de todo, les dejo esto que encontré en una clase de yoga: la imperfecta producción del principiante.
