La casa

Era una “Casa Standard”: una de esas casas con una pesada puerta de madera de dos hojas y una ventana con balcón al lado. Tenía varias habitaciones en hilera comunicadas entre sí y dos patios. El patio de adelante, abierto y lleno de plantas, y hacia donde daban casi todas las habitaciones, tenía un bello piso de mármol en damero blanco y negro. El patio del fondo, con techo de claraboya, reunía a su alrededor a la cocina, el baño, la habitación de Elena y un mínimo pasillo que lo conectaba con el patio de adelante. Pero esta casa standard tenía una particularidad: otra casa arriba, desde donde, cada tanto, llovían cosas sobre el patio del fondo, rompiendo los vidrios de la claraboya.

Cuando el padre de los niños que vivían abajo escuchaba los gritos de Enrique, los obligaba a entrar corriendo a alguna de las habitaciones y permanecer allí hasta que él dijera que podían salir. Sin embargo, los niños habían crecido con aquellos escándalos y ya los habían incorporado a sus cotidianos como parte del paisaje sonoro de la cuadra.

A veces la sonata wagneriana de la casa de arriba encontraba a Elena y su familia en el estar. Entonces, mientras ponían algún disco, escuchaban el estruendo de grandes macetas de barro, que destrozaban a su paso los vidrios que quedaban en la claraboya, para coronar el movimiento cuando todo reventaba pomposamente contra el piso del patio. De fondo, el concierto lucía sus cornos y fagots disonantes, protagonizando los gritos de Enrique, y el lamento de violas y violines que interpretaban los llantos de las mujeres. La señal de la cercanía del final de aquel espectáculo que estaba prohibido ver, era el sonido de los timbales/tacones de Maya corriendo escalera abajo para tocar a su puerta. Si Maya no bajaba, el padre de los niños tocaba el timbre de la casa de arriba y preguntaba por ella. Luego solo quedaba el último movimiento, ejecutado lánguidamente por violoncelos agónicos, anunciando que Enrique llevaría al fin a dormir su borrachera. Alguna vez Elena le preguntó a su padre por qué, cuando llamaba a la casa de arriba, no preguntaba también por la madre de Maya.

  • Porque no -, contestaba él.

El último concierto fue de noche. Empezó como siempre, con Enrique gritando. Pero no hubo necesidad de tocar el clarín para que los niños entraran porque ya estaban adentro, acostados, tal vez durmiendo. La secuencia fue la de siempre: gritos, golpes, llantos… Elena se quedó esperando los timbales, que no llegaban nunca. Escuchó sonar el triángulo del timbre de su padre en la casa de arriba. Sonó varias veces. Pero los timbales no llegaban. Sintió el golpe al cerrarse su puerta, cuando el padre, en pijama, volvió a entrar.

Ya habían apagado la luz. Su hermana no decía nada, pero ella sabía que no dormía. Nadie dormía. Esperaron el devenir de las cosas como todas las veces, sin embargo los sonidos no se sucedieron en el orden esperado. Pararon los ruidos, dejando en su lugar un silencio tenso. Era igual al silencio de la noche, cuando todos duermen, pero nadie dormía. Al fin un ruido rompió la tensión del aire: el estruendo de los vidrios rompiéndose al paso de la maceta. Pero aquella maceta no estalló como todas al caer. Aquella maceta hizo un ruido sordo al tocar el piso; un ruido que no rebotó en paredes y puertas reverberando como siempre en largos armónicos. Aquella maceta, así como sonó se apagó casi en el mismo instante, permaneciendo únicamente el sonido de los vidrios.

Elena escuchó cómo los pasos inquietos de su padre en la habitación de al lado se pararon en seco. La tensión de este nuevo silencio era ahora insoportable. Se levantó de la cama y tanteó en la oscuridad buscando el interruptor de la luz al lado de la puerta, hasta que al fin lo encontró. Su hermana estaba sentada en la cama abrazada a la almohada con los ojos como dos platos.

El silencio estalló otra vez en mil pedazos cuando el grito agudo de Elena reventó la noche mientras miraba la sangre escurrirse bajo su puerta.